martes

EL PISTOLERO DEL AVE MARÍA




UNO


El hombre de negro bajó lentamente de su cabalgadura y entró en el saloon de Luke Spencer. Se acodó en un rincón de la barra y miró pausadamente el local, las rojas cortinas que adornaban las paredes, las mesas tapizadas de verde donde numerosos clientes jugaban al póker, el piano en el que un hombrecillo acompañaba a una joven que cantaba ante la indiferencia general...en resumen, uno más de los cientos de establecimientos que aquel hombre había visto en su vida.

-¿Qué bebe, forastero?

Spencer se quedó mirando fijamente al hombre que acababa de entrar a su local, a sus ojos grises, metálicos, fríos, como dos trozos de cobre.

-Necesito un médico. ¿Hay alguno por aquí?

Spencer soltó una sonrisa irónica.

-Aquí hay bebidas, no medicinas, amigo.

Pero la mirada del hombre se endureció y el dueño del local decidió cambiar de tono. El hombre de negro podía ser un problema y lo que peor que le podía pasar a Spencer era un altercado en su saloon.

-Sí, en aquella mesa. El tipo de levita verde que está dando las cartas.

El forastero echó a andar hacia la mesa y se situó tras el médico. Fue en ese momento cuando se oyó una voz que salía de uno de los hombres que bebían en la barra. Una voz fuerte, potente, que acalló por un momento el bullicio de la sala.

-¡Shanto, tú eres Harry Shanto, el que mató a “Fast” Corbett en Wichita!

El forastero se volvió con lentitud. Había un rastro de fatiga en sus ojos cuando miró al hombre que parecía haberle reconocido.

-Se equivoca, amigo. Yo nunca he estado en Wichita.

-Yo soy Kit Garnet-respondió el hombre de la barra con una expresión de gran excitación. Avanzó unos pasos y se quedó en medio del saloon, mirando fijamente al hombre de negro -y tú eres Harry Shanto, porque yo estaba en Wichita cuando lo de Corbett.

-Bueno amigo, maté a Corbett en Wichita...¿y qué?

Garnet soltó una risotada, mezcla de euforia y  determinación.

-¡Que yo seré el hombre que mató a Harry Shanto en Denver!

De repente, un silencio sepulcral se había hecho en el saloon. La chica dejó de cantar, el pianista de tocar, los jugadores de seguir con el póker y los alojados en la barra de beber. Spencer ya se estaba esperando lo peor.

Harry Shanto avanzó hacia Garnet y se quedó plantado frente a él, mientras brillaba la mirada gris de sus ojos cobrizos.

-Mira, chico, no sé quién eres ni me importa, pero solo he venido a que me vea un médico una fea herida que tengo en la espalda. Me tomaré un whisky y luego me iré, no quiero ningún tipo de problemas.

Kit Garnet no parecía dispuesto a abandonar su actitud. Quería la fama de matar a un famoso pistolero, y su insensata juventud le empujaba a jugarse la vida solo para demostrar que era más rápido con el revólver que el hombre de negro.

-Te irás, pero a la tumba.¡Saca tu revólver, Harry Shanto!

Los dos hombres, frente a frente, con las miradas clavadas en el contrario, con los músculos en tensión y las manos cerca de las cartucheras de las armas. Garnet llevaba dos Colts del 45 y Shanto uno del 38, en la izquierda.

-Reza lo que sepas, muchacho -la voz de Harry Shanto sonó como una sentencia.

Después, unos segundos que parecieron eternos. Las manos se movieron con rapidez, pero cuando Garnet aún no había desenfundado, Harry Shanto tenía su revólver en la izquierda apuntando a su enemigo. El Colt del 38 había aparecido en su zurda como por arte de magia.

-Lárgate-escupió.

Kit Garnet pasó en un instante del asombro a la indignación y a la vergüenza. Todos lo habían visto, había hecho el ridículo frente al famoso pistolero que mató a Corbett en Wichita.

-¡Maldito, maldito! -gritó, y sus manos, que se habían quedado paralizadas acariciando las culatas de sus revólveres, volvieron a moverse en un acto suicida.

Sonó un disparo. Solo uno. En la frente de Garnet se había alojado la bala del 38 del revólver del hombre de negro, y el joven ya estaba muerto antes de desplomarse sobre el suelo del saloon de Spencer.

-Ave María -susurró Harry Shanto, y se apoyó lentamente en la barra del saloon.

DOS


El doctor Carson miró atentamente el vendaje que acababa de colocar en la espalda de Shanto.

-Esa bala le rozó-dijo con voz grave. –Si le llega a entrar algo más le hubiese herido la espina dorsal y seguramente estaría usted en una silla de ruedas.

-Gajes del oficio –respondió el pistolero. –Nadie sabe por dónde van a llegar las balas.

Se levantó de la camilla donde el doctor le había curado la herida y miró atentamente por la ventana al grupo de personas que se agolpaba en la puerta del local del doctor Carson.

-¿Qué espera esa gente?

-Mire amigo, los hermanos de Kit Garnet están en el pueblo, y probablemente le estarán esperando. Aquí, en Denver, no hay mejor espectáculo que un duelo a tiros en la calle principal.

Harry Shanto dejó un billete de veinte dólares sobre la mesa de Carson. Desenfundó su revólver del 38 y movió varias veces el tambor, colocando una bala en el único hueco del arma.

-Siempre igual, -susurró, –siempre la misma historia. -¿Y el sheriff?

Sabía la respuesta a esa pregunta, pero aún así quiso saber qué le diría el viejo doctor.

-El sheriff esperará a que le liquiden, amigo. Alegará defensa propia y se quitará un muerto de encima.

-Nunca mejor dicho.

Shanto esbozó lo que podría interpretarse como una sonrisa, pero el frío acero de sus ojos cobrizos desmintió esa expresión. Salió a la calle cuando ya los curiosos se habían retirado de la puerta y comenzó a caminar hacia la oficina del sheriff.

Otra ciudad, otro pueblo...gente esperando que los hombres se maten por cualquier cosa, hasta por el macabro motivo de saber quién es el más rápido con el revólver. Y la venganza, la ineludible venganza que los hombres convierten en suya, sin leyes que acatar, con el derecho que confiere el clamor de la sangre reclamando más sangre...”La venganza es mía”, dijo el Señor.

En la oficina del sheriff le cerró el paso un ayudante, aunque enseguida apareció el representante de la ley. Era un hombre mayor, de aspecto fornido y expresión taciturna.

-Supongo que no vendrá a pedir protección –dijo con voz grave.

-¿Protección? ¿Qué es eso?

Shanto se quedó mirando fijamente al sheriff. Torció la boca con una mueca a modo de sonrisa.

-No quiero matar a nadie ni que me maten a mí. Supongo que algo tendrá que hacer usted al respecto.

El sheriff ni siquiera miró a Shanto. Miraba por la ventana a la gente que se apostaba en las aceras, esperando el comienzo del espectáculo

-Lárguese cuanto antes. No creo que los Garnet vengan solos. Este asunto no me concierne, es algo privado entre perros sarnosos.

-Yo no huyo de nadie, si quieren ajustar cuentas les esperaré...y en cuanto a este asunto, creo que sí te concierne, cobarde hijo de perra.

El sheriff se volvió como un resorte, pero cuando lo hizo ya tenía en el cuello el cañón del revólver del hombre de negro. Se quedó lívido como la cera, al igual que su ayudante.

-Tranquilos, no va a pasar nada. Tengo algo que hacer y vosotros parece que no.

Salió despacio de la oficina y se dirigió al saloon de Spencer.

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Harry Shanto entró en el saloon de Luke Spencer y se acodó en un rincón de la barra. Sentía un punzante dolor en la espalda y tenía la boca seca como el esparto.


-Whisky, -murmuró.

Había mucha gente en el saloon y la llegada del hombre de negro hizo que todos callasen y le mirasen atónitos. El hombrecillo del piano dejó de tocar y la cantante siguió desgranando la canción “Sweet Alabama” cada vez más bajo. Spencer se dirigió con cara de asombro a atender al pistolero.

-¿Está loco, amigo? ¡Lárguese antes de que vengan los Garnet o será hombre muerto!

Shanto apuró de un sorbo el whisky que le puso Spencer.

-¿Cuántos son? –dijo pausadamente.

-Dos, Matt, el padre y Lenny, el hermano -contestó Spencer, -pero es posible que Sam Reynols venga con ellos.

-¿Sam Reynolds, de Arizona?

-El mismo, el que mató a Delawere en Tucson. Está aquí y se dice que los Garnet han alquilado su revólver.

-De algo hay que morir –susurró Harry Shanto.

El gran reloj que lucía la pared del fondo del saloon entonó parsimoniosamente once campanadas. Los ojos de todos los presentes estaban puestos en el pistolero vestido de negro, que aparentemente no tenía prisa en abandonar Denver y así intentar salvar el pellejo. Matt Garnet era un ganadero que se había hecho a sí mismo, un tipo duro, y Lenny, su otro hijo, alguien tan pendenciero como su hermano Kit.

Dos horas después, Harry Shanto seguía allí, esperando, como si esperar fuera una forma de vida.

  

TRES


Matt Garnet empujó los batientes del saloon y sus ojos se clavaron en el único hombre situado en la barra.

-¿Tú eres Harry Shanto, el que mató a “Fast” Corbett en Wichita? ¿El que ha matado a mi hijo?

-Él me provocó y usted lo sabe. No quería matarlo pero me obligó: era su vida o la mía.

Garnet se situó en la barra, en el otro extremo de donde estaba el pistolero de negro. Se quitó el sombrero, se limpió el sudor del rostro con el pañuelo que llevaba anudado al cuello y murmuró:

-Es igual, has matado a mi hijo y vas a pagar por ello.

-Supongo que eso es cosa de la Ley, no de usted –contestó Shanto sin inmutarse.

-¿La Ley? Sí, efectivamente, pero ahora la Ley soy yo. Y te condeno a muerte. El verdugo esta ahí afuera, esperándote.

Harry Shanto bebió un trago de whisky. Sabía de antemano quién le estaba esperando en la calle, estaba claro que Garnet había contratado a Sam Reynolds, de Arizona, para vengar a su hijo. Se aseguraba su propia vida y la de su otro hijo, así como la muerte del hombre que mató a Kit.

-¿El verdugo es Sam Reynolds, el tipo que mató a Delawere en Tucson? Ha debido costarle un buen puñado de dólares.

Garnet no contestó. Shanto apuró su whisky, se ajustó la funda del revólver y salió a la calle.

Aquello era ya un espectáculo. La calle desierta, la gente escondida tras las ventanas de casas y establecimientos y los más osados, tras los postigos de las aceras. A unos cincuenta metros  del saloon de Spencer, un hombre alto, de grueso bigote y largos cabellos lacios, parecía plantado como un ciprés en medio del polvo de la calle.

Harry Shanto avanzó unos pasos y se situó frente a Reynolds.

-Sam Reynolds, supongo. El que mató a Delawere en Tucson.

-El mismo. Y tú eres Harry Shanto, el asesino de Kit Garnet.

Los dos hombres se miraban fijamente, escudriñaban al otro intentando saber cuál sería su más inmediato movimiento.

Entonces ocurrió todo. Fueron tan solo unos segundos, pero es más que probable que la gente de Denver no los olvidase en toda su vida.

Sam Reynolds llevaba dos revólveres Smith-Wesson 686, y sus manos estaban a diez centímetros de ellos. Shanto mantenía su izquierda más lejos, por debajo de la culata de su Colt del 38. El primero en moverse fue Reynolds, su mano derecha, solo su mano derecha, voló al revólver...y entonces el tiempo se paró.

Harry Shanto subió su izquierda y el Colt apareció en su mano al mismo tiempo que disparaba sobre Reynolds. Un único disparó que entró en la frente del pistolero, destrozándole el cráneo antes de que hubiese tenido la oportunidad de desenfundar. Un segundo después, giró su revólver en dirección a la puerta del saloon de Spencer, y comenzó a disparar manteniendo apretado el gatillo y haciendo percutir el arma con su mano derecha.

Fueron cinco disparos, que se cruzaron con los que buscaban a Harry Shanto desde la puerta del saloon. Cinco balazos que impactaron en los cuerpos de los Garnet, en un arpegio mortal que lanzó por tierra a Matt y Lenny Garnet.

Después, un silencio sepulcral. Reynolds parecía beber su propia sangre, con la cabeza destrozada. Matt Garnet, con dos disparos en el pecho, yacía en la acera con los ojos muy abiertos, y Lenny Garnet, impulsado por la fuerza de los balazos recibidos, había roto la cristalera del saloon de Spencer y se retorcía agonizante sobre un charco de sangre.

¿Y Harry Shanto?

El pistolero que mató a Sam Reynolds en Denver miró a su oponente y luego a los Garnet. Su mano izquierda seguía empuñando el Colt del 38 y con la derecha parecía querer sujetar la sangre que le brotaba del pecho, al otro lado del corazón.

-Ave María –susurró.



                                                                     © Javier de Lucas