sábado

AL NORTE DE TEXAS


Capítulo primero
UN GUN-MAN EN WYOMING

La línea azul del horizonte se asomaba por encima del gigantesco bloque formado por las montañas gemelas del norte de Oklahoma.
Una vez remontadas, la incomparable estampa de la gran llanura se ofrecía a la vista. El estado de Wyoming, con su enorme extensión de pradera, sus majestuosos bosques y forestas, sus peligrosos indígenas, los indios cuervos, cheroque, sioux, comanches y kiowas, sorprendía al viajero sobre todo si en vez de venir de las fronteras cercana de Montana u Oklahoma, lo hacía de la lejana Texas.
La verdura de la pradera se veía surcada por un gran número de arroyuelos que realzaban aún más la belleza del paisaje.
Aquel hombre solitario, montado sobre un mustang blanco manchado, no reparó en la contemplación del horizonte. Al corto tren impuesto por su cabalgadura, el hombre miraba hacia un punto lejano, tal vez inexistente.
Debía tener alrededor de treinta años. Era muy alto, a juzgar por las piernas, que caían indolentes a ambos lados del mustang.
Vestía ropas cubiertas de polvo, lo que hacía pensar en lo largo de su viaje. Un sombrero “Stetson” cubría los cabellos claros. Su camisa era negra, así como el pañuelo, anudado al cuello. Los pantalones ajustados estaban enfundados por botas tejanas de plateadas y tintineantes espuelas.
A los lados del costado, rozando con los pantalones, un par de enormes “colts” del 45, de cachas talladas en marfil y situados en dos cartucheras perfectamente engrasadas, pendían sorprendentemente bajos.
Lessy Quarrell pensó inmediatamente que aquel hombre era un gun-man, un temible pistolero del Sur, de Texas o de California, que tantas veces había oído nombrar en boca de los vaqueros que periódicamente llegaban a Fort Essex, en Wyoming.
Mientras se hacía conjeturas de que si podría ser Harry Shanto, Clint Rassendean, Sam Batt, Billy Younger o quizá Wilson Randall, fue acercando paulatinamente su caballo al del desconocido.
De repente, un grito salvaje hirió el majestuoso silencio del paraje. A continuación, un tropel de guerreros indios apareció, a poca distancia de Quarrell y del hombre del caballo manchado.
Lessy Quarrell desenfundó ambos revólveres, mientras gritaba:
- ¡Por aquí, amigo!.
Los dos hombres se lanzaron al galope tendido, perseguidos de cerca por los indios. Se internaron por un bosquecillo, cuya tupida vegetación les cubrió inmediatamente.
Quarrell hizo un movimiento brusco, indicando a su circunstancial acompañante que le siguiera.
Uno de los indios se había distanciado de los demás.
Quarrell se echó hacia atrás disparando su colt “Frontier” de doble acción.
Sonrió cuando el indio trazó una pirueta y cayó al suelo, y exclamó con júbilo:
-¡Muerde la hierba, kiowa!
Pero el resto de la partida se iba acercando, ganando terreno poco a poco.
Al doblar un recodo, Quarrell gritó:
- ¡Al suelo!
Ambos hombres salieron disparados de sus monturas cayendo sobre la hierba tupida, que anuló el golpe.
Quarrell susurró:
- Cuando pasen, a freírlos.
Los indios no se hicieron esperar. Enarbolando sus mortíferos arcos, pasaron por el lugar en donde estaban agazapados los dos perseguidos.
-¡Ahora!
Cuatro revólveres vomitaron plomo. Cuatro pieles rojas volaron brevemente por los aires, para aterrizar poco después, blancos del fuego que habían servido ellos mismos.
Los otros tres restantes también cayeron a tierra, desembarazándose de los arcos y sustituyéndolos celéricamente por destructoras hachas tipo tomahawks. Lessy Quarrell enmendó sus anteriores disparos, enfilando hacia los tres kiowas que se lanzaban sobre él. Pero la acción de los indios había sido tan rápida, que Quarrell comprendió que no tenía tiempo de disparar con la suficiente puntería.
En este momento crítico, oyó a su espalda tres disparos. Los tres pieles rojas frenaron en seco su carrera y se proyectaron hacia atrás, al recibir de lleno las balas del calibre máximo.
Quarrell parpadeó dos veces antes de volverse. Lo hizo lentamente, levantándose al mismo tiempo.
Su salvador ya lo había hecho, erguida toda su estatura.
- Bueno amigo, dijo. Creo que salimos bien de esta.
El desconocido sonrió débilmente diciendo:
- Nunca había visto esta raza. Solo he conocido a los apaches y a los navajos, muy al Sur.
- Lo suponía. Nada más verle supe que era usted de Texas, un pistolero del Sudoeste. Yo soy Lex Quarrell.
- Yo Randall, Wilson Randall.
Lessy dio un respingo. Había oído hablar mucho de Wilson Randall. Un viejo vaquero amigo suyo contaba historias de famosos gun-men de la frontera. De las hazañas de Wild Bill Hickock, de Billy el Niño, de Sam Batt, de Jonh Farrow, de “Balas” Rooswelt, y de Wilson Randall. Le narró el duelo que sostuvo Wilson con “Gatillo” MacColt, en Wichita, con Dexter “Largo” Hampton, con los hermanos Ernie y Bob Dalton, sus hazañas al margen de la Ley, y últimamente ligado a la banda más poderosa de Texas, la de Budd Fletcher, en donde había miembros de la categoría de “Resaca” Barton.

Capítulo segundo
LESSY QUARRELL, NUEVO AMIGO

- Trabajo en Port Essex, como guía de los soldados. Estamos muy atareados con los kiowas, sobre todo ahora con la muerte de Biochka, el jefe de la tribu. Han nombrado jefe a Cherkkes, un joven guerrero muy belicoso.
- ¿Cherkkes?, preguntó Randall.
- Sí, y desde que lo hicieron, la comarca está erizada de peligros. Ese indio tiene sed de guerra, busca a toda costa aniquilar a los blancos. Es muy peligroso.
Quarrell se inclinó sobre uno de los pieles rojas. Le imitó Randall.
- Kiowas, murmuró. Dos apaches uno encima de otro quizá fuesen iguales.
- Son los indios más poderosos de la llanura, explico Quarrell. Sus hermanos de raza, los cuervos, les llaman Orentgees, que quiere decir gigantes.
Wilson Randall se levantó. Era delgado, pensó Lessy, un tipo largo y enjuto.
- Bueno, murmuró. Creo que ya es hora que nos vayamos.
Montaron a caballo, los cuales no se habían alejado demasiado del lugar de la pelea.
- Cherkkes gritará de júbilo cuando sepa que siete de sus bravos cayeron en una refriega con sus amigos los blancos, -rió Quarrell.
Cabalgaron durante largo rato. Al fin, se divisó la mole del fuerte, y las primeras casas del pueblo. Llegaron. Un oficial les observó desde el portón.
-¡Hola comandante!, gritó Quarrell.
Los dos hombres descabalgaron, una vez dentro del fuerte. El comandante les salió al paso.
- ¿Descubrió algo, Quarrell?
- Nada, señor. Los kiowas nos atacaron y tumbamos a siete. Bueno, yo a dos y Randall a cinco.
El oficial dio un silbido. Tendió la mano a Wilson.
- Ha hecho usted una proeza, señor Randall. Los kiowas son la tribu más feroz y poderosa de Wyoming. Dirigidos por Cherkkes todos estamos en un serio peligro. A propósito Randall, ¿cómo consiguió el indulto?
Wilson Randall respondió:
- Maté a la banda de Budd Fletcher, menos a él y a “Resaca” Barton. Creo que también se salvó Kid Sonora.
- ¿Cómo fue, Randall?,-preguntó Quarrell.
- Asaltamos el banco de Abilene. Fletcher, Sonora y los demás, seis en total, permanecieron esperando fuera del banco. Resaca y yo éramos los encargados de limpiarlo. Nos salió mal la cosa, seguramente porque ese mismo día llegaron tropas para nuestra captura. Resaca y los otros escaparon, pero a mí me cogieron. Me dijeron que me soltarían y que me darían una fuerte suma de dinero si deshacía a la banda. Fui al campamento, liquidé a Dech Vilcox, a Tex “Oklahoma” Fedezz y a Hans Garret. Perseguí al resto de la banda, hasta que tan solo quedó Fletcher.
- ¿Y Resaca?
- Tuvimos un duelo en San Antonio. Nos dimos los dos, a él en una pierna. A mí en el pecho. Me dijeron que huyó, pero que había ganado el indulto y el dinero. Por eso estoy aquí. Construiré un rancho aquí mismo.
El comandante Rollston habló con voz grave:
- Mal sitio ha elegido, Randall. Los kiowas están en pie de guerra.
- No me interesan sus asuntos, comandante. Construiré mi rancho y no molestaré a Cherkkes ni a los suyos. Ya estoy cansado de lucha.
- Usted no se meterá con ellos, Randall, pero ellos lo harán con usted. Estamos esperando un ataque, tenemos prisionera a una joven de su tribu.
Wilson Randall no contestó. Montó y se alejó lentamente.

Capítulo tercero
ATAQUE

El sol se desperezaba lánguidamente, haciendo desaparecer a los últimos vestigios de bruma. La aurora hacía presagiar un día soleado.
A pesar de lo temprano, dos hombres trabajaban febrilmente, mientras un muchacho se afanaba pintando sus tablones. Habían trabajado durante más de dos semanas y la casa estaba ya terminada.
- Buen trabajo Lessy, -dijo Wilson Randall.
- Díselo también a Willy. Es un pintor consumado.
- Tan solo falta poner las cercas y habremos terminado.
- Me preocupa una cosa Wilson, -dijo Quarrell.
- ¿El qué?
- No ha habido ningún ataque kiowa desde que liquidamos a aquella partida. Estando esa india prisionera, Yama, no comprendo cómo no ataca Cherkkes. Los del fuerte no saben qué pensar.
- Será que saben que ha llegado a Fort Essex nada menos que Wilson Randall, -terció Willy.
Los dos hombres rieron.
- Vamos al fuerte, Lex, -dijo Randall. -Todavía no conocemos a esa damita kiowa.
- Tú quédate aquí, Willy. No hay que dejar la casa desamparada.

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- Aquí está, -señaló el comandante Rollston.
La india se volvió velozmente. Era de una belleza tal que Quarrell emitió un silbido.
- Ese Cherkkes es idiota. Mira que no venir a rescatar a semejante preciosidad.
La india le miró con desprecio. Luego volvió sus grandes ojos verdes a Randall.
- ¿Quién eres?, -dijo.
Los tres hombres se miraron sorprendidos.
Randall respondió:
- Soy Wilson Randall y vengo de Texas.
La muchacha guardó silencio. Rollston dijo:
- ¡Sargento Stone, venga aquí!
Un hombre uniformado, portando en el brazo los tres galones, apareció en el umbral de la celda.
- Señor…
- Interróguela, sargento. Si consigue algo importante llévemelo a mi despacho.
El comandante se marchó. Stone dijo:
- Vamos, Yama, a ver si te muestras un poco más amable conmigo.
Se acercó demasiado a la india. Esta se volvió y le escupió a la cara.
- ¡Perra!
El sargento alzó el brazo para descargarlo sobre la prisionera. Pero otro brazo de hierro se interpuso en su camino.
- Quieto, amigo o le machaco, -la voz de Randall adquirió un tono peligroso.
- ¡Maldito entrometido!
El sargento se volvió y disparó el puño sobre Randall. Pero en vez de encontrar la barbilla de éste, solo encontró el vacío.
A su vez, Wilson envió su derecha al mentón del soldado. El impacto le tiró a tierra.
Fue a levantarse cuando un cabo irrumpió en la celda:
- ¡Los kiowas! ¡Han incendiado su casa, Randall!
Quarrell y Randall salieron rápidamente. En veloz carrera, vieron la casa en llamas, y un grupo de kiowas iniciando la retirada.
- ¡Willy!, -gritó Quarrell. -Le dejamos allí.
Apresuraron temerariamente su carrera. Las manos de Randall bajaron vertiginosamente a los revólveres. Quarrell oyó dos disparos. Los dos últimos indios de la partida aullaron al sentir el plomo candente abrasarlos el cuerpo, cayendo a tierra.
- ¡Ahí está Willy!
El muchacho yacía en el suelo, con un par de flechas clavadas en el pecho. Le habían cortado salvajemente la cabellera.
Quarrell y Randall se arrodillaron junto a él.
- Le han cortado la cabellera, -murmuró Randall. Una costumbre de los iroqueses del Este.
- Desde que Cherkkes es jefe, han adoptado esa costumbre.
- Cherkkes. Pagará esto.
Se levantaron. Rollston indicó:
- Prefieren las guerrillas a un ataque en masa. Una de dos: o nos temen demasiado o son poco fuertes en estos momentos.
- Haría falta una inspección de su campamento, -dijo el capitán Mitchel. -Debe haber una explicación a todo esto. Los kiowas siempre han sabido que el fuerte no dispone de los suficientes hombres como para rechazar una invasión.
- Quarrell, -ordenó Rollston. Escoja tres hombres y vaya al campamento kiowa. Es imprescindible conocer sus fuerzas y sus planes.
- Lex, -dijo Randall. Voy contigo.
- Bien, puede hacerlo. Llévese al sargento Stone. Conoce magníficamente el terreno.
- Sí señor. También llevaré a Yama. Si nos vemos en apuros nos servirá de rehén.
- Saldrán mañana al amanecer. Provéanse de lo necesario.


Capítulo cuarto
EL CAMPAMENTO KIOWA

La pequeña expedición compuesta por Wilson Randall, Lessy Quarrell, Joe Stone, Richard Tomphson y la bella cautiva, avanzaba sigilosamente por la espesa vegetación del bosque. Stone miraba con recelo a Randall, después de lo sucedido con Yama. Tomphson, un trampero amigo de Quarrell, era el encargado de la prisionera.
- Ya falta poco para llegar, -murmuró Quarrell. Dentro de poco avistaremos los primeros centinelas.
Efectivamente, al doblar un recodo, dos fornidos kiowas estaban apostados. Randall y Stone avanzaron con infinitas precauciones, situándose detrás de los indios. Un golpe seco de revólver con la culata en la rapada cabeza les abatió.
Siguieron arrastrándose sigilosamente.
De pronto Yama salió corriendo. Había conseguido zafarse de las ligaduras conque Tomphson la había maniatado.
- ¡Maldita sea!, -bramó Stone. Ya decía yo que no podía traernos más que complicaciones.
Randall salió tras ella. El campamento estaba aún algo distante, por lo que Wilson pensó poder atraparla antes de entreverlo. En pocas zancadas se situó a su altura. Sin embargo, en el momento de sujetarla, la india lanzó un grito agudísimo.
Randall la tapó la boca y la arrastró hasta donde estaban los demás.
- Nos han descubierto, -exclamó Tomphson. Vendrán a por nosotros enseguida.
- ¡Ahí están!
Por un calvero del bosque apareció un verdadero enjambre de kiowas.
- ¡Fuego!, -gritó Randall.
Los pieles rojas se lanzaron hacia el grupo. Todos desenfundaron los revólveres y dispararon hacia el aluvión que se los venía encima. La primera fila de indios cayó ante el fuego graneado de los sitiados. Pero la segunda carga no se produjo. Tan solo Wilson Randall escupió más fuego, disparando con increíble velocidad y puntería.
Stone vio venir a tres enormes kiowas, de impresionante fortaleza. Movió los puños como aspas de molino y consiguió rechazar al primero. Pero sintió un tremendo mazazo en la nuca. Aún tuvo fuerzas para volverse, pero un durísimo golpe en el pecho acabó con sus fuerzas. Sin embargo, Randall se metió por medio de la contienda, disparando sus enormes y mortíferos colts, y causando varias bajas entre los indios. Quarrell y Tomphson no alcanzaron a verlo, pues yacían sin conocimiento. Randall accionó sus revólveres y los dos últimos kiowas cayeron sin vida.
Se irguió, mientras a su alrededor más de una veintena de indios se divisaba en confuso montón.
Rápidamente se inclinó sobre Quarrell, el cual volvió al conocimiento. Tenía el rostro bañado en sangre, pero las heridas eran de poca importancia.
Más de pronto, desorbitó los ojos y exclamó:
- ¡¡Cherkkes!! ¡Cuidado Randall!
Wilson se volvió pero demasiado tarde. Cherkkes y nuevos pieles rojas estaban ante él. El jefe kiowa se lanzó en un impresionante salto y atenazó el cuerpo del gun-man, rodando ambos por tierra. Randall consiguió zafarse del abrazo del gigantesco piel roja, disparando al mismo tiempo la izquierda. El indio alzó los brazos y cayó hacia atrás. De pronto, otro kiowa atenazó el cuello de Randall, que le volteó al aire. Inmediatamente se volvió, pero ya Cherkkes descargaba un tremendo golpe al rostro de Wilson. Sintió un vivísimo dolor al recibir una patada en el pecho. Aún intentó un supremo esfuerzo, pero Cherkkes le abatió de otro impresionante golpe. La vista se le nubló y ya solo alcanzó a ver los mocasines del jefe kiowa.

Capítulo quinto
CHERKKES

- No hay posibilidad de escapar, -susurró Tex Thompson angustiado. Nos matarán sin remedio y aniquilarán el fuerte pasado mañana.
Wilson Randall miró a sus compañeros. Estaban atados de pies y manos dentro del “tipi” de forma sioux. El tiempo que habían permanecido allí se habían enterado de que los kiowas estaban esperando refuerzos: los temibles cuervos de Yellowstone. En cuanto Cherkkes contara con ellos, Fort Essex sería un verdadero infierno. Atacaría en tromba, y aniquilaría en poco tiempo a la guarnición.
- Toda la culpa la tuvo Randall, -escupió Stone. Debimos acabar con aquella cochina india de una maldita vez.
- Cállate, Stone, -dijo Quarrell, que aún tenía rastros de la lucha sostenida. -No conseguirás nada de esa forma.
- Si no fuera porque estoy atado, te partiría el alma, asqueroso pistolero.
- ¡Basta ya Stone!,- grito Randall.
En ese momento, la tienda se abrió y apareció dos indios, con Cherkkes en medio.
- Wilson Randall, -dijo despacio. Tumbaste a muchos de mis bravos con tus armas. Ponte en pie. Tú serás el primero en morir.
- Lo lamento jefe, -contestó Randall, pero tus esbirros me ataron también los pies.
El piel roja dio una orden. Uno de los indios se agachó y de un tajo dejó libres los pies del gun-man.
- Tú, -el indio kiowa señaló a Stone. -No parece que seas amigo de Randall.
Los ojos de Sone brillaron un instante. Dijo:
- Dame una ocasión y yo mismo desollaré a ese perro.
Randall no le hizo caso. Libre de las ligaduras de las piernas, se levantó de un salto.
Cherkkes rió entre dientes.
- Lucharéis los dos. Será un espectáculo digno de mi tribu ver cómo dos cerdos se revuelcan por el suelo.
Imprevistamente, Randall disparó la rodilla y la hincó en el vientre del jefe kiowa. Los otros dos indios se lanzaron sobre el pistolero, asestándole golpes furiosos.
Cherkkes desde el suelo, gritó:
- ¡Quietos! Lucharás conmigo, Randall. Pero después que lo hayas hecho con ese.
Se puso en pie y abandonó el “tipi” seguido de los dos kiowas.
- Esta será la nuestra, -dijo Randall reposadamente. Mientras peleo con Stone, el pueblo entero asistirá a la lucha. Será el momento en que tú, Lex, intentes burlar la escasa vigilancia, y avises al fuerte. Que traigan toda la guarnición de que dispongan, que será bastante para liquidar a los indios del campamento, ya que los cuervos, al llegar pasado mañana, traerán una fuerte escolta kiowa.
- No tienes por qué meterte en esto, pistolero, -dijo Stone con odio.
Quarrell se volvió:
- Lo intentaré, Wilson.
Señaló a Stone:
- Y no le pegues demasiado fuerte.
Randall y Stone fueron conducidos a una especie de rotonda, al lado de la cual se apiñaba la casi totalidad de la población kiowa que estaba en el campamento. En un lugar preeminente, sentado en un trono de adornados brazos, Cherkkes esperaba a los prisioneros. Los indios que llevaban a Randall y Stone les condujeron ante el jefe kiowa.
- Lucharéis a la manera india, -dijo el gigantesco cacique. Uno de los dos tiene que morir, y si solo queda uno con vida, luchará conmigo.
Wilson Randall pensó que iba a ser muy difícil salir vivo de aquel lugar. La lucha a muerte con Stone tal vez pudiera salvarla, pero después de aquella agotadora prueba tendría que vérselas con Cherkkes, aquel impresionante kiowa de más de 1’90 de estatura y unos 100 kg. de tremendos músculos. Pensó en Quarrell y en el éxito de la empresa. Decidió perder el mayor tiempo posible.
- Y así te cogerá de refresco, ¿eh jefe?
Un indio le restalló un bofetón. Randall se volvió improvisadamente y su puño se clavó en la nariz del kiowa. La muchedumbre avanzó un paso, encolerizada, mas Cherkkes los detuvo:
- ¡Qué empiece la lucha!
La rotonda quedó totalmente despejada. Un murmullo continuo se dejaba oír, cuando Stone y Randall ocuparon sus puestos uno a cada extremo del recinto, esperando la señal de que se lanzasen en carrera hacia el cuchillo que había clavado en el centro.


Capítulo sexto
LUCHA A MUERTE

¡¡AAAHHH!!
Randall y Stone salieron disparados al centro de la rotonda. El murmullo tornó a salvaje griterío cuando ambos hombres se presentaron casi a la vez ante el acero. Randall lo hizo antes, dada la mayor zancada de sus piernas. Pero a su inicial ventaja no la pudo sacar provecho, pues Stone pegó un brinco felino, y agarró el cuchillo.
Randall también saltó, cayendo justamente encima de su oponente. Rodaron ambos por el suelo, abrazados el uno al otro, en un esfuerzo sobrehumano. Stone consiguió atenazar el cuchillo, que mantenía entre sus dedos. La mano izquierda de Randall se ciñó a la muñeca del sargento, mientras con la derecha golpeaba su vientre. Consiguieron ponerse de rodillas, siendo el griterío ensordecedor. La rodilla de Stone se proyectó contra el estómago de Randall, que cayó al suelo.
Un “¡ah!” de decepción se dejó oír entre los indios: presa del dolor del golpe, y sin arma, poco podía hacer ya el rostro pálido de las largas piernas.
Stone lanzó un rugido de triunfo y se abalanzó sobre el caído. Pero Randall no era tan fácil de vencer, estiró sus piernas en una doble patada al cuello que alcanzó de lleno a Stone. La sangre le corrió por el cuerpo, mientras tosía desesperadamente. Abrió los ojos pero su enemigo ya no estaba allí.
Randall disparó su izquierda y Stone se bamboleó como un muñeco. Ahora fue la derecha. Stone sintió una línea roja cubrirle el rostro. Se agarró en un supremo esfuerzo al gun-man, y sus manos le golpearon el rostro. De nuevo Randall envió su izquierda en un rápido “jabb” que cazó a Stone en el pecho. La sangre le cubría el rostro, y sus piernas se negaban a sostenerle. Un nuevo mazazo a la garganta le envió al mundo de los sueños.
Wilson Randall se irguió muy lentamente, seguido del murmullo de asombro de los hombres de la tez cobriza. Recogió el cuchillo y se dirigió hacia el caído. Le miró y luego lo hizo con Cherkkes:
- No quiero matarle.
El jefe kiowa le miró con estupor.
- Tú no quieres matarle cuando él ha estado a punto de hacerlo contigo. ¿Por qué?
- Lo ignoro, -Randall ganaba tiempo. No me gusta matar a sangre fría a uno de mi propia raza.
- ¿Y de la mía? ¿Lo harías con uno de mi raza, Randall?
- Tampoco, jefe. Me repugna rematar a los buitres.
Los ojos de Cherkkes relampaguearon de odio. Se levantó del trono y se fue despojando del penacho de plumas. Su cabeza totalmente afeitada, podía ser un arma demoledora, si el indio se decidía a emplearla, pensó Randall. Vio después cómo se quitaba la túnica. Su aspecto semidesnudo y salvaje no impresionó lo más mínimo a la alta y delgada estampa de Wilson Randall, el gun-man del Sudoeste.
Rápidamente ideó un plan de ataque. Tenía que llegar al cuchillo antes que el piel roja, pues sabía que en un cuerpo a cuerpo pocas esperanzas tenía de abatirle. Esta vez no le concedería la oportunidad que otorgó a Joe Stone. Pensó en Quarrell y ello le dio un margen de confianza.
De nuevo la rotonda quedó despejada, y la muchedumbre volvió a rugir, entusiasmada ante la perspectiva del nuevo combate. Randall ocupó su posición, mientras enfrente de él, Cherkkes hacía otro tanto.
El grito sonó en ese instante. Wilson comenzó a correr, a enormes zancadas… y lo consiguió.
Atrapó el acero en el instante en que el indio caía sobre él. Sintió el impacto, al recibir el cuerpo, pero se ladeó y se puso encima de él, alzando el cuchillo para clavárselo. La mano del indio se agarró a la suya, y ambos forcejearon brutalmente.
Randall comprobó que no iba a poder resistir mucho en aquella forma. Abandonó su postura y abatió la mano libre a la cara del kiowa, que le soltó momentáneamente. Pero al intentar repetir el golpe, Cherkkes disparó su puño de cuyo impacto Randall se puso en pie a la fuerza. De un salto felino, Cherkkes también lo hizo, pero Wilson mantenía la daga en la mano derecha, esperando la acometida. De repente, una pierna del indio salió disparada. Randall enmendó su posición pero la patada le dio en el pecho. Quedó un momento atontado, tosiendo, y fue entonces cuando el gigante kiowa vio la oportunidad. Los gritos de la tribu subieron de tono. Los brazos del kiowa se movieron como aspas de molino y a Randall le pareció que su mandíbula estallaba. Se llevó la mano a la cara y su boca palpó un sabor a sangre. El cuchillo lo había perdido.
Se puso en pie, y esperó la nueva acometida de el piel roja. Esta no se hizo esperar. Cherkkes avanzó y disparó los brazos a manera de catapulta.
Randall se echó a un lado, evitando los golpes de lleno, pero no pudo evitar que uno le rozara. Se agachó y desde esa postura disparó la izquierda alcanzando el bajo vientre del indio, que aulló de dolor.
Repitió el golpe prohibido tres, cuatro veces más.
Cherkkes tenía el rostro congestionado, y una mueca de estupor le cubría el rostro. Randall pensó que sus pocos escrúpulos eran los únicos que podían llevarle a la victoria. Por ello disparó la pierna y su bota se clavó en la parte que ya había golpeado.
El jefe kiowa lanzó un grito desgarrador y cayó a tierra. Randall se lanzó sobre él y fue entonces cuando la pelea se volvió en su contra. El indio, aunque seriamente golpeado, alzó la cabeza en el instante en que Randall caía para rematarle. Las dos cabezas chocaron en un terrible encuentro, y hasta el ensordecedor griterío cesó como por encanto. Wilson Randall creyó que el cielo se le había caído encima, y sintió como si un abismo de negrísimas sombras le tragase. Por simple inercia se puso en pie, no llegando a sentir la copiosa sangre que le inundaba por completo el rostro. Como entre sueños oyó los gritos de júbilo de los kiowas, al ver la recuperación de su jefe y el estado de Randall.
Cherkkes avanzó hacia él. Wilson, erguido en mitad del recinto, no sintió siquiera el tremendo mazazo que le dirigió el indio. Se sintió transportado del suelo, alzado casi en vilo, y otra vez estrellado contra el suelo.
“He perdido”, mascullaba en su inconsciencia. Entrecerró los ojos y pudo distinguir las musculosas piernas del indio a un escaso palmo de su cuerpo. Comprendía vagamente que éste ya tendría en sus manos el cuchillo, que se disponía a matarle. El velo rojo que le cubría el rostro se espesaba por momentos. La brecha tremenda que tenía abierta en la frente manaba cada vez más sangre, le tapaba los ojos impidiéndole la visión. El pie del indio se puso en su pecho.
Un salvaje griterío apoyó la victoria sangrienta de su jefe. Y entonces, aún en su inconsciencia, Randall comprendió el significado de aquellos gritos: Cherkkes se estaba agachando sobre él, su mano izquierda se había agarrado a sus cabellos, y con la derecha se disponía a desollarle, imponiendo la infernal costumbre de los iroqueses, con una víctima aún viva.


Capítulo séptimo
FLECHAS Y BALAS

El violentísimo crepitar de los poderosos rifles tipo “Winchister”, “Sharp” y “Springfield” de reglamento, ahogó por completo los gritos de los kiowas asistentes a la sangrienta lucha. Totalmente desprevenidos, los pieles rojas se lanzaron a la huída, incapaces de hacer frente al batallón que se les venía encima. Cherkkes gritó inútilmente algo a sus hombres. Como uno más abandonó al caído Randall y corrió a ponerse a cubierto. Las filas indias se diezmaban alarmantemente, cuando Wilson Randall, haciendo un tremendo esfuerzo, se puso en pie. Había perdido mucha sangre, pero una idea le mantenía: acabar con Cherkkes.
Lessy Querrell venía al frente del grupo, al lado del comandante Rollston y el capitán Mitchell, y vio a su amigo, en medio de la refriega. Espoleó a su caballo en aquella dirección, disparando a diestro y siniestro, con tesón. Randall le vio venir, le vio tirarle unas pistoleras, que atrapó en el aire y en el mismo momento, guiado únicamente de su instinto, dando tumbos, casi desfallecido, siguió tras el jefe kiowa. Quarrell desmontó y corrió a su lado, mirándole de reojo. Wilson Randall disparaba enfebrecido y el mortal cántico de sus revólveres causaba verdaderas calamidades entre los pieles rojas. Randall se había convertido en una verdadera máquina de matar, de feroz y aplastante efectividad. Sus dos colts disparaban plomo y fuego, escupían balas con asombrosa celeridad. Buscaba a Cherkkes.
Y le encontró.
Estaba disparando su arco, dirigiendo sus flechas hacia los soldados. Randall gritó:
- ¡Cherkkes!
El indio se volvió como una serpiente herida. Empuñó un tomahawks y se dispuso a lanzarlo sobre él.
Lessy Quarrell llegó en ese mismo momento. Vio la mano de Randall, de cuyo revólver salió aullando un fogonazo anaranjado. Vio el tomahawks del indio saltar como si estuviese vivo, arrancado limpiamente de sus dedos. Dos detonaciones más salieron del colt de Randall: en el pecho de Cherkkes se dibujó un rosetón rojo, al tiempo que se veía impulsado hacia atrás alcanzado por las balas de calibre máximo. Dio un paso vacilante y el segundo disparo de Randall se alojó en su cráneo, volándole el cerebro. Fue el final de un cacique sanguinario y cruel, que estuvo a punto de forjar una peligrosísima coalición de tribus. Aunque por el momento tan solo ligaba a los kiowas con los cuervos, las dos razas juntas se harían poderosas, y otras tribus querrían voluntariamente la alianza. Los sioux, los cheroques, los tripones, los seminolas, los cheyennes, y quizá hasta los feroces iroqueses de Louisiana y Virginia, o los sanguinarios apaches y navajos de Texas y California, buscarían este pacto: sería rebelión en masa de tribus indias.
Lex Quarrell miró a Randall, que en su persecución había recobrado sus fuerzas. La herida que le causara Cherkkes había sido aparatosa, aunque superficial. Le vio erguida su alta y delgada figura, con los dos tremendos colts “45” humeantes. El rostro crispado de fiero luchador, Wilson Randall era la personificación del temible gun-man de leyenda, del que los cow-boys inmortalizan en sus canciones vaqueras. Y también pensó Quarrell que dentro de muy poco tiempo tendría que poner a prueba toda su extraordinaria capacidad como as del arma de seis tiros.
- Randall, -dijo Quarrell quedamente.
El pistolero miraba a los últimos vestigios de población kiowa. Diseminados, desmoralizados y vencidos, los supervivientes corrían de un lado para otro.
La “masacre” había terminado. Cuando se presentasen los mensajeros cuervos, y viesen a los soldados enseñoreados del propio campamento aliado, pensarían que todo había sido una emboscada, una mentira para poderlos aniquilar fácilmente. Volverían grupas a sus caballos, y regresarían a sus territorios, añorando la idea de expansionarse y hacerse poderosos, de salir de las regiones de los surtidores calientes de Yellowstone…
- Randall, -repitió Quarrell.
- ¿Eh?
- Hay alguien que te busca en el pueblo. Llegaron ayer noche y hoy lo he sabido, cuando venía hacia aquí con los soldados.
- ¿Qué quieren?
- Vienen para matarte. Son Budd Fletcher, “Resaca” Barton, Kid Sonora y “Culebra” Jackson.

Capítulo octavo
CUATRO GUN-MEN TEMIBLES

El sol caía mansamente sobre la inmensa llanura de Wyoming, bañando con sus plácidos rayos de atardecer la verde pradera norteña. Fort Essex se dormía cálidamente…
Pero solo en apariencia.
La escasa población civil se arrinconaba en las ventanas de sus casas, se apelotonaba ante ellas, con los ojos puestos en el extremo de la calle única. El clima de tensión sostenida, de expectación, se palpaba casi de lo veraz que era. Parecía que algo, cualquier cosa, podía romperlo.
Era natural.
Era la primera vez que en una región tan apartada como Wyoming, iban a ponerse a prueba los mejores gatillos del Sudoeste, los pistoleros más famosos del momento. Pero lo más extraño era que uno de ellos competía con cuatro “magos” del colt, cuatro a la vez.
El silencio se tornó sepulcral. Budd Fletcher, Kid Sonora, “Resaca” Barton y “Culebra” Jackson acababan de hacer su aparición por entre el recodo de la única calle de Fort Essex.
Budd Fletcher.
Era de estatura mediana. Poseía unos ademanes que no correspondían en forma alguna a los de un pistolero. Era ancho de hombros y los brazos le caían a lo largo del cuerpo dándole una estampa simiesca. No era de los mejores “sacadores”, aunque su endiablada puntería resultara fatal a larga distancia. Su fama como “gentlemen” del “Colt”, de poseer la mejor y más rápida banda que vio el territorio en mucho tiempo, era muy elevada, comentándose que esta sería inexpugnable paraa todos los sheriffs de la frontera.
Kid Sonora.
La fama que este pistolero adquirió en Nuevo Méjico se extendió rápidamente por Texas, Kansas, California y la baja cuenca del Missisipi. Era más bien alto, de cabellos casi albinos, ojos taladrantes de gun-man sin conciencia. El cinto canana servía de sostén de dos mortíferos colts calibre 38, con una serie interminable de muescas adornándoles. Había nacido en Sonora, en donde empezó su brillante “carrera”, destacando de todos los que intentaban igualársele. Su entrada en la famosa banda de Budd Fletcher subió aún más su prestigio. Había sentido en su propia carne el plomo de Randall. Su enorme interés en deshacerse de él era el lavado a su manchado “honor” de pistolero.
“Culebra” Jackson.
Pequeño, muy flaco y chupado, “Culebra” estaba considerado como uno de los más peligrosos gun-men del Sudoeste. De la habilidad casi diabólica para “sacar”, su movilidad para hurtar las balas del enemigo, y de su tremenda efectividad de disparos, se había dicho que tenía un verdadero pacto con el diablo. No estaba en la banda de Fletcher, y esto fue origen a que se hablase insistentemente de un choque entre él y la banda del “gentleman”, que no existió.
“Resaca” Barton.
Huesudo, mucho más largo que los anteriores, de interminables y arqueadas piernas, “Resaca” era sin lugar a dudas, uno de los hombres más temibles y famosos de todo el Sudoeste. “Sacaba”, amartillaba y disparaba con tanta rapidez, con tantísima precisión y puntería, que su fama se había extendido por los confines de varios estados de la Unión. Se decía que Wilson Randall y “Resaca” Barton marcaban una nueva época en la historia dilatada de los pistoleros del Sudoeste. Por fuerza tenían que haberse encontrado, tenían que haber medido el alcance de sus posibilidades con el colt, y fue en San Antonio en donde se enfrentaron. “Resaca” Barton aventajó a Wilson Randall por escasas fracciones de segundo y le acertó en el pecho sintiendo él también en su pierna el plomo desviado del gun-man de la frontera. Esta pequeñísima ventaja le dio el sobrenombre del “gatillo número 1 del Sudoeste”, del pistolero más rápido.
Wilson Randall lo sabía. Por ello le respetaba, como “Resaca” le respetaba a él. Recorrió con la vista la larguísima figura del gun-man, le miró a los ojos, y apoyó sus manos en la hebilla del cinturón-canana.
Capítulo noveno
LOS DOS COLTS DE WILSON RANDALL

Wilson Randall avanzó lentamente seguido por centenares de ojos clavados en él, hasta situarse a poca distancia del apretado grupo formado por el singular cuarteto de gun-men. Lex Quarrell recorrió con la vista las inconfundibles fisonomías de los primeros gatillos del Sudoeste. La de “Resaca” Barton, enlutada y temible, la escurridiza de “Culebra” Jackson, la simiesca de Budd Fletcher, el cabello rubísimo de Kid Sonora. Y su mirada escrutó a Wilson Randall. Erguida su altísima figura, expectante aunque sereno, desprovisto totalmente de nervios, taladrantes los helados ojos. Quarrell avanzó por entre las casas y salió a la calle poniéndose a la altura de Wilson.
- No Lex, -la voz del pistolero carecía de toda evidencia de emoción. -En el Oeste las deudas solo las tiene que pagar el deudor, no otro. Aléjate de esto, no llegarías a tocar tus armas.
No lo dijo por presunción de ninguna clase y Lessy Quarrell lo comprendió así. No tocaría sus revólveres cuando cualquiera de aquellos gigantes del arma de seis tiros le disparasen.
Optó por retirarse y entonces se oyó la voz de Fletcher, el magnate del colt:
- Ya sabes Randall. Una deuda se paga según su altura. La tuya es demasiado grande, es demasiado fuerte para pagarla vulgarmente. Tu precio es la vida.
- Lo sé Budd, -habló despacio y suave el gun-man de la frontera. Es un precio al que no pongo ningún reparo. Solo que tenéis que venir a por ella.
- Contaba los días en que llegaría este momento, -dijo Kid Sonora mientras los últimos rayos del atardecer arrancaban a su cabellera reflejos plateados. Kid Sonora no olvida, Randall.
- Ningún pistolero olvida nunca, Sonora, -respondió fríamente Wilson. Fletcher dijo que mi deuda era la muerte.
- Una deuda extraordinaria tratándose de Wilson Randall.
Las pupilas de los habitantes de Fort Essex se clavaron en la larguísima figura enlutada de “Resaca” Barton. Wilson había oído muchas veces la voz pastosa, casi dulce del asombroso gun-man. Solo Lessy Quarrell se dio cuenta del levísimo estremecimiento que le sacudió al oírla.
Sus ojos se cruzaron fugazmente, pareciendo que arrancaban esquirlas de metal al hacerlo.
- ¿Como en San Antonio?
- Sí Randall. Nunca supe si fui más rápido o me ladeé al soltar el disparo.
Los otros pistoleros se echaron a un lado. Frente a frente, mirándose casi con respeto, los dos gun-men iban a medir la primacía de su manejo del “Colt” en un apartado rincón del continente. El clima se hizo tan denso, tan cortante, que una hoja de acero bien afilada parecía poderlo cortar.
Lex Quarrell abrió mucho los ojos para ver el duelo más fascinante que había visto y vería en su dilatada vida de guía y explorador.
Todo fue tan rápido como un relámpago en la oscuridad. Cuatro manos bajaron a la vez a los revólveres. Las cuatro manos más rápidas del Sudoeste.
Pero ni Quarrell ni los otros asombrados espectadores vieron eso. Solo vieron que en las manos de ambos gun-men brotaron mágicamente dos pares de “Colts” del 45, y sus pesados proyectiles salieron aullando envueltos en una espesa aureola de fuego candente.
Quarrell distinguió entre el humo la negra silueta de “Resaca” Barton y la de Randall. Vio a este doblarse imperceptiblemente. Creyó que todo se había acabado para él, cuando la enlutada fisonomía de “Resaca” perdió toda su altivez. Una enorme mancha roja se dibujó junto a su pecho, empapándole la negra camisa, y dio vacilante un paso hacia atrás. Miró vidriosamente a su matador. En sus ojos no se leyó el odio, la ira y la venganza, sino la resignación del hombre que sabe que ha perdido, y que igual que sabía ganar como lo había hecho tantas veces, sabía resignarse a la derrota. Las rodillas se negaron a sostenerle y su interminable cuerpo se aplastó contra el polvo de la calle, cuando aun estaban flotando en el aire el acento pastoso, cálido, casi dulce del que fue el “primer gatillo del Sudoeste”. Wilson Randall le miró largamente.
Quarrell gritó:
- ¡Al suelo Randall!
De un brinco, el pistolero se echó a tierra. Como abejorros en busca de su presa volaron por encima de él los disparos de los otros enemigos. Sus manos giraron desde el suelo velozmente, y sus dos tremendos colts entonaron su canción de muerte.
Budd Fletcher, el “rey del Oeste”, como pomposamente le llamasen sus conocidos, se llevó las manos a la cara. Pero el movimiento fue instintivo porque las balas le barrenaron el cerebro instantáneamente. Cayó de bruces cuando ya su cabeza era una informe masa sanguinolenta. Willson Randall pegó una voltereta y se acurrucó detrás del porche de una de las casas. Tres balas se incrustaron en la pared, levantando astillas que le salpicaron el rostro.
La sangre le manaba del brazo derecho, produciéndole un dolor intenso el proyectil del máximo calibre que le envió “Resaca” antes de irse a la tumba.
Kid Sonora salió de su escondite, mientras le cubría el fuego graneado de “Culebra” Jackson.
Randall también salió. Disparó sus mortíferos colts al tiempo que sentía en su carne el mordisco abrasador de dos balas. Vio a Kid Sonora pegar un salto en el aire al recibir el plomo en el pecho y en la frente. Sus dorados cabellos se enrojecieron de su propia sangre. No tuvo tiempo de asombrarse de su muerte, porque la mordedura de los disparos de Randall le abatieron al segundo.
Wilson Randall se tiró a tierra despreciando el plomo que le abrasaba por dentro, la sangre que empapaba su cuerpo. Levantó los revólveres cuando ya “Culebra” disparaba. Velozmente se revolcó dando vueltas, mientras disparaba a la vez. “Culebra” Jackson se dobló como un tallo tronchado al recibir el fuego. Abrió los brazos en trágica postura, como despidiéndose de la vida que Randall le había arrebatado. Su reducido cuerpo casi no sonó al chocar contra el entarimado de la acera.

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Lessy Quarrell se restregó los ojos, asombrado. No podía dar crédito a lo que veía, pero sin embargo era cierto. Vio erguirse a Wilson Randall y entonces reparó en la sangre que le bañaba el pecho y la cadera. Corrió hacia él.
- Wilson, necesitas un médico.
- Déjalo Quarrell, -la voz del pistolero era débil y lejana-déjalo. Saldré de esta.
- Tu sabes que no. Tienes que curarte o morirás desangrado.
El hombre de la frontera dibujó en los labios una sonrisa amarga.
- Tal vez sea mejor así. No sientes al matar a tu peor enemigo nada que no sea satisfacción personal. Pero cuando sabes que tus revólveres disparan tan rápido, que estás marcado por el destino con una huella imborrable que te impulsa a matar, cuando comprendes que solo sirves para sembrar el pánico a tu alrededor, que tu vida será siempre violenta y nunca encontrarás el reposo, te amarga y te sangra el corazón, Lex. Vuelve a tu trabajo de explorador y olvídate de que un día te cruzaste en la vida de un pistolero de Texas.
Lessy Quarrell quedó anonadado. Cuando se quiso dar cuenta, ya Wilson Randall cabalgaba medio tumbado sobre su pinto manchado, dejando un rastro de sangre en su partida, que manaba copiosamente de sus heridas.
- ¡Randall! ¡Randall! ¡Vuelve!
Pero ya no le oía. La figura inconfundible de Wilson Randall se perdía lentamente en la lejanía, proyectando su figura en las primeras sombras de la noche. Las montañas que se divisaban en el horizonte dieron también su adiós al pistolero, cuya estampa se perdió al fin entre los bosques de Wyoming, más allá de Oklahoma muy al norte de Texas.